
Cuando llegué a la estación había varias personas esperando. Compré el billete. Un grupo de chicas estaban sentadas en el suelo hablando de sus cosas mientras esperaban la llegada de su tren. Me pregunté por qué no bajaban al andén a esperar. Es verdad que se oía cuando llegaba el tren, pero por la megafonía de la estación no decían el destino, así que no había modo de saber a donde iba cada uno.
En cuanto pasaron dos trenes empecé a entender por qué la gente esperaba arriba en el vestíbulo y no en el andén. Cada tren emitía un sonido muy diferente al aproximarse a la estación. Parecía que estuvieran hechos de distintos materiales, que al rozarse con las vías, emitían tan distintos sonidos.
-Este no es el nuestro – dijo una de las chicas que estaba sentada en el suelo.
Mientras, la intensidad del ruido iba aumentando hasta convertirse en algo ensordecedor. Las chicas casi tenían que hablar a gritos para poder oírse. Metí el billete en los tornos y bajé las escaleras. Había varias personas en el andén. Unos leían, otros escuchaban música o hablaban con sus amigos. De nuevo el ruido aumentaba, venía otro tren.
-¿Es este tu tren? – le preguntó un chico a la que parecía ser su amiga.
-Sí, es este. Lo cojo. Te llamo y me cuentas que te han dicho, ¿vale?
-Vale, guapa. ¡Nos vemos!
La chica se metió en el tren y este se fue. Yo no me metí porque no sabía si ese era mi tren. Unos minutos más tarde el chico subió a otro tren. Era su tren. ¿Cómo lo sabrían? No había carteles informativos ni números identificativos en los trenes. Nada. Y yo no sabía que tren debía coger.
Pasaron más trenes, cada uno con su sonido característico. Las personas que esperaban en el andén iban subiendo y se iban marchando. Otras se bajaban y salían a la calle. Entonces se aproximó otro convoy. El ruido superó al de los anteriores. Cuando el tren estaba muy cerca ya, una música oscura y siniestra se fusionó con el ruido y lo impregnó todo.
-Este es de mercancías – le oí decir a una persona que esperaba a unos metros de mí.
La música se metió en mi cabeza provocándome una tremenda angustia y pánico. Sentía mi cuerpo retorcerse por dentro. Iba a más. Creí que me explotaría el pecho. Me costaba respirar y mantenerme en pié, pues me estaba mareando.
“Es un tren de mercancías”. Escuché eso en mi mente. Lo escuché una y otra vez.
“Un tren de mercancías”
“Un tren de mercancías”
“Un tren de mercancías”
“Un tren de mercancías”
Quizá fue la curiosidad por saber que tipo de mercancía sería aquella o quizá la certeza de que aquel era mi tren. No recordaba a donde iba cuando compré el billete, pero debía subir porque aquel era mi tren.
El tren paró en la estación y abrió sus puertas. Algunas personas bajaron. Subí y miré a mi alrededor. Eran pocas las personas que iban en aquel vagón…vivas. La mayoría yacían muertas en sus propios ataúdes. Las puertas se cerraron. Alcancé con la mano una de las barras y me agarré a ellas para no caerme cuando arrancase el tren. Aquel era mi tren.
Precioso, sobrecogedor y muy propio de estas fechas. ^^
ResponderEliminarGracias Miguel
ResponderEliminar