jueves, 3 de febrero de 2011

Lo malo de perder el miedo

Tenia catorce años cuando me fumé mi primer porro. Solía fumar cigarros cuando salía de clase, y aquel día mi amigo Juan y yo le cogimos un porro a mi hermano Leo, nos fuimos al callejón de abajo y nos lo fumamos. No puedo decir que me sentase bien, que me diese la risa tonta o algo así, simplemente me mareé. Y allí nos quedamos Juan y yo, mareados, con ganas de comernos una chocolatina, sentados en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Ese día fue el que empecé a arruinar mi vida, hasta hoy, que aunque respire, vea y oiga, en realidad ya estoy muerto.

No os voy a decir que los porros son malos, que afectan al hígado o al cerebro, que dan ansiedad y esas cosas, os voy a decir que el porro es la droga más traicionera que he probado jamás. Su única labor es la de quitarnos el miedo para probar otras drogas que son las que nos matarán realmente, acabarán con nuestra vida y con las ganas de vivir de los que más nos quieren: nuestros padres. Bueno, en mi caso mi madre, ya que mi padre murió antes de verme caer tan bajo.

Mi hermano Leo llevaba ya varios años consumiendo drogas cuando yo probé los porros. No recuerdo muy bien como se llevaba aquella situación en casa, supongo que mis padres peleaban diariamente con él en un inútil intento de que dejase las drogas. Seguramente mis padres lo intentaron todo, pero yo no lo recuerdo, estaba más preocupado por robarle algún que otro porrillo a mi hermano y escaparme al callejón a fumármelo. Qué imbécil era, mi hermano se murió y yo estaba allí, en el callejón, fumando. Bueno, mi hermano Leo no se murió de repente, claro. El pasó de los porros al ácido, y del ácido a la heroína, como ya os he dicho, la única maldita misión del porro es la de quitarnos el miedo para probar otras drogas.

En esta constante lucha de mis padres contra las adicciones de mi hermano yo pasé totalmente desapercibido, era el mal menor. Que le niño no quiere estudiar, ya se pondrá a trabajar; que el niño no come, será que está enamorado... Mi padre cayó enfermo y murió. Para entonces mi hermano Leo tenía el hígado del tamaño de un balón de fútbol y se había contagiado de sida. Supongo que ya sabréis que el sida es una enfermedad crónica que te deja sin defensas para que una simple infección provocada por un pendiente mal hecho en el baño del centro comercial de turno te mate. Afortunadamente hoy día los médicos han conseguido una serie de fármacos que han hecho que el sida se convierta en una enfermedad con la que se puede vivir, como la diabetes o el asma. Te da problemas, pero no te mata, solamente te marca para el resto de tu vida. Pero a mi hermano no le dio tiempo a llegar a esta nueva era de medicamentos, simplemente se murió. Perdí a mi padre y a mi hermano en el mismo año.

Mi madre se quedo sola conmigo... y con mis problemas, ya que para entonces yo ya solía fumar chinos: heroína quemada en papel albal. Bueno, si te la fumas no pasa nada. Pues sí, sí pasa, un solo pico de heroína y no lo dudéis, estáis muertos. Y como yo ya lo estaba, un día me la pinché. No recuerdo si era consciente de que mi final sería tan patético como el de mi hermano Leo, pero que más me daba, yo me la pinché. Pasaron los años y las modas, la heroína se fue y llegó la coca. Si te dan lejía en polvo te la metes igual, porque cuando llegas a este punto te das tanto asco que no te importa la mierda que te metas. Coca, tripis, cristal... que os voy a contar que no sepáis...

Han pasado 22 años desde mi primer porro. Hoy tengo 36. No tengo trabajo, vivo con mi madre las temporadas que estoy bien, y las que estoy mal me las paso llorando en el portal para que mi madre me deje entrar en casa a ver si encuentro algo que pueda vender por ahí para pagarme una dosis: el reloj de mi padre, su anillo de casado... Excursiones a Valdemingómez a por la mierda diaria, sucio, lleno de porquería hasta arriba, sin comer, sin dormir... luego mi madre me localiza después de sufrir unos días sin saber de mí, me mete en un taxi con ayuda de algún vecino y me lleva a un nuevo centro de desintoxicación. Allí me bañan, me cortan el pelo, me afeitan... suelo tardar 6 meses en desintoxicarme, luego me ponen metadona y me buscan trabajo. Entonces es cuando empieza la buena época, mi madre me vuelve a acoger en casa, voy diariamente a hacer cola para recoger mi dosis de metadona, voy a trabajar... Es curioso, pero yo tengo que meterme una droga para estar normal. Ya no puedo estar normal por mí mismo. Necesito la metadona como el diabético su insulina o el asmático su inhalador. Esta buena época me dura unos 8 meses, como mucho 1 año. Un día quedo con algún “gran amigo” de mis años mozos, nos vamos de copas, “venga tío, metete una raya que por una no pasa nada”, me la meto y vuelvo a empezar. Una sola raya es suficiente para que deje de ir a trabajar, robe a mi madre, peregrine diariamente a Valdemingómez por el arcén de la autopista, me vea en la calle...

¿No creéis que sería mejor que estuviera muerto? Envidio a mi hermano Leo por estarlo, por no haber pasado la agonía de 22 años que yo estoy sufriendo. ¿Por qué no me muero? Si yo ya estoy muerto...

1 comentario:

  1. Interesante tu blog, te invito al mio http://lobotomiaangeloscuro.blogspot.com/

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